viernes, 7 de octubre de 2011

LA OBEDIENCIA EN EL REINO DE DIOS

La obediencia


Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de los Estados Unidos racionó una gran cantidad de artículos. El caucho fue lo primero en ser racionado. Luego le siguió la gasolina. Al poco tiempo, el gobierno comenzó a racionar el azúcar, el café, las carnes, la mantequilla, los alimentos enlatados, las arvejas y los frijoles secos, y una variedad de otros productos. Al final, el gobierno racionó o limitó incluso artículos como los zapatos y la ropa.



Ahora bien, supongamos que un supuesto patriota ferviente hubiera sido sorprendido robando gasolina de la refinería del pueblo para no tener que sufrir la inconveniencia del racionamiento en tiempos de guerra. ¿Qué habría pensado la gente de esa persona? ¿Qué habría sucedido si la misma persona hubiera violado otras leyes de tiempos de guerra? ¿Acaso alguien lo habría considerado un verdadero patriota? ¡Jamás! Lo habrían considerado un hipócrita, un impostor, y hasta un traidor.

En el reino de Cristo no es diferente. Jesús ha promulgado varias leyes y mandamientos, y todas sus leyes son leyes de tiempos de guerra. Cuando violamos sus leyes, demostramos ser traidores. Demostramos que no sentimos amor verdadero por nuestra nueva nación. 

Queremos disfrutar de los beneficios de vivir bajo su gobierno, pero no deseamos enfrentar ningún tipo de dificultad o inconveniencia. Jesús conoce bien cualquier patriotismo falso que quiera infiltrarse en su reino, cualquier amor fingido por él.

¿De verdad tiene leyes el reino de Dios?

Probablemente a usted le hayan dicho que no hay leyes para los cristianos. Muchos predicadores dicen: “Ya no tenemos mandamientos; eso fue bajo la ley mosaica. Estamos bajo la gracia, no bajo la ley.” Si ese es el caso, por favor, explique estas declaraciones de Jesús:

Si me amáis, guardad mis mandamientos. (…) 

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. (…) 

El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama no guarda mis palabras (…). 

Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. (…) 

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. (Juan 14.15, 21, 23–24; 15.10, 14).

¿Acaso no tenemos mandamientos? ¿Sólo la gracia? Según Jesús, ¡no es así! Y su opinión es la única que cuenta. Donde no hay leyes ni mandamientos, no hay reino. Y donde no hay reino, no hay Jesús.

Cualquier teología o sistema hermenéutico que invalide las palabras claras de Jesús no es de Cristo. Jesús se pasó la noche antes de su muerte repitiéndoles una y otra vez a sus discípulos que guardaran sus mandamientos, ¡y no lo hizo sólo para luego decirles que en realidad no hay nada que guardar!

Edificando sobre la Roca

Casi al final de su Sermón del Monte, Jesús nos advirtió: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7.22–23). De modo que Jesús dijo que rechazaría a cualquier creyente profeso que hiciera maldad. Los hacedores de maldad son los cristianos profesos que rehúsan ya sea reconocer las leyes y mandamientos de Jesús o vivir por ellos.

Jesús concluyó su sermón diciendo: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7.24–27).

Estas palabras son muy claras, ¿verdad? La única manera para edificar sobre la roca es hacer las cosas que Jesús enseñó. Si no hacemos lo que él enseñó, edificamos sobre la arena. ¡Así de sencillo!


BENDICIONES

FUENTE: www.laiglesiaprimitiva.com
Tomado del Libro: EL REINO QUE TRASTORNÓ EL MUNDO de David Bercot.

1 comentario:

  1. ESO ES CORRECTO,DEBEMOS SER CONGRUENTES CON LO QUE SE PROFESA O SEREMOS HIPOCRITAS.

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